The Phoenician Scheme, la crítica de la película de Wes Anderson a concurso en el Festival de Cannes.
Anderson confirma un estilo, una estilización extrema y una idea del cine que ya no es fácil de digerir. Pero esta vez hay más calor humano.
Siguen siendo los años cincuenta, pero no los que transcurren entre Happy Days, los dibujos animados de la Warner y la ciencia ficción totalmente americana de Asteroid City, sino los años cincuenta de la Europa de los primeros grandes magnates, de esa Europa que ha superado las guerras de Grand Budapest Hotel pero que sigue siendo, sin embargo, el Viejo Continente.
Todavía un padre, no tan capaz de hacerlo, y que tendrá que pasar por todo tipo de problemas para aprender a serlo (y a ser mejor hombre).
De nuevo la estilización extrema y nada fácil de digerir propia de las últimas películas de Wes Anderson, pero esta vez animada por personajes y sentimientos capaces de recordar al menos la calidez (quizá blanca) de sus primeras obras.
Tal vez sea que la película está dedicada a Fouad Malouf, el padre de su esposa Juman, recientemente fallecido: y esto habrá removido algo, como también lo habrá hecho el haberse convertido en padre.
Incluso para alguien como él, que insiste en escenificar simetrías exageradas, personajes idiosincrásicos, y que está obsesionado con el decorado y los detalles como si estuviera trabajando en arte e instalaciones de museo en lugar de en una película.
The Phoenician Scheme: tratando de explicar una película muy de Anderson.
Nos la habían vendido como una película de espías, The Phoenician Scheme, El Complot Fenicio, pero sólo lo es en parte: porque la historia es la del riquísimo hombre de negocios, aventurero y freebooter Zsa-zsa Korda, temido por todos y odiado por sus rivales, que una y otra vez -y sin éxito- intentan matarle.
Esta es la historia de un hombre temerario y sin escrúpulos que, en su última apuesta empresarial, lo arriesga todo para salvar su proyecto y su fortuna, y se dispone a convencer uno por uno a sus cinco socios para que cubran parte de la suma que de repente le falta, debido a una maniobra bursátil urdida por los americanos que quieren sabotearle.
Ni que decir tiene que todo ello seguirá unas coordenadas extrañas y paradójicas, y que los personajes y figuras con los que se encontrará Zsa-zsa son típicamente andersonianos (e interpretados por actores andersonianos).
Más útil, pero no sorprendente, es decir que Zsa-zsa se llevará con él a la mayor de sus diez y descuidados hijos, una chica que estaba a punto de hacer sus votos y a la que nombra su única heredera (interpretada por Mia Threapleton, recién llegada a la familia cinematográfica de Anderson).
Así que, claro, El Complot Fenicio es una película de aventuras al estilo de Anderson, una película que si trata de espionaje, trata de alguna manera de espionaje industrial, y como todas las películas del americano trasplantado en Europa es una película sobre padres e hijos.
Y sin embargo, al final, la impresión es que The Phoenician Scheme, desquiciada y divertida, es una película sobre la muerte. Y, por tanto, sobre la vida.
Lo decíamos al principio: la dedicatoria, sí, pero también el hecho de que la película se abra con un atentado contra Zsa-Zsa, que se estrella con su avión, es dada por muerta, pero por enésima vez sobrevive. Sólo que esta vez lo ha pasado mal, e incluso empieza a ser perseguido por visiones paradójicas del más allá, y de una especie de juicio divino (y la recuerdan, ¿verdad, la hija casi monja?).
Zsa-zsa regresa de algún modo de entre los muertos, pero su vida no cambia. No de inmediato. Llevará tiempo, llevará cuentas que pagar y otras que saldar, llevará todas sus etapas de un camino que no será un vía crucis, pero en definitiva, llevará aprender algo de su hija.
Así que sólo después de todo esto, sólo al final de la película de la que es protagonista, Zsa-zsa no sólo no muere, sino que cambia su vida. La parábola no es meramente anticapitalista, sino algo más, al menos en las intenciones de Anderson: algo familiar, humano, espiritual.
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Luego, claro, todo esto queda aplastado, subyugado, encasillado y forzado dentro de esa estructura estética y formal que tan bien conocemos, y que no concede (mucho más) a la narración, a los temas y a los sentimientos.
Todo está ostentosamente artificioso, vehementemente estudiado, y uno siempre lamenta las desordenadas libertades formales de The Life Aquatic with Steve Zissou (para algunos la obra maestra de Anderson).
Sin embargo, algo, pequeño, se está aflojando quizá aquí, y esperemos bien para el futuro. Aunque también hay que reconocer que esa larga secuencia en la que ruedan los créditos iniciales, con el Zsa-zsa de Benicio del Toro recuperándose de su accidente de avión sumergido en una bañera y asistido por enfermeras que le traen manjares y champán, encuadrada al estilo De Palma, desde arriba y a cámara lenta, consigue tener un encanto nada desdeñable.
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